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Estadounidenses en la Guerra Civil Española

Nos remontamos al verano de 1936, donde una pareja estadounidense coge rumbo a Europa para disfrutar de una luna de miel un tanto diferente a lo que estamos acostumbrados. La Gran Depresión azotaba el país

Nos remontamos al verano de 1936, donde una pareja estadounidense coge rumbo a Europa para disfrutar de una luna de miel un tanto diferente a lo que estamos acostumbrados. La Gran Depresión azotaba el país americano con fuerza, y Lois y Charles Orr (los protagonistas de esta historia) estaban convencidos de que la Gran Depresión había demostrado ser un fracaso del capitalismo.

 

Lois nació en Kentucky y era una estudiante de segundo año en la Universidad de Louisville. Con diez años de diferencia se casó a principios de año con Charles, un economista nacido en Michigan. Los dos partieron al Viejo Mundo para vivir en persona los diversos cambios que se estaban gestando en Europa. Comenzaron visitando la Alemania nazi, y planearon viajar a la India para observar de primera mano el colonialismo británico, pero en mitad de su viaje se toparon con la noticia de una Guerra Civil en España.

 

Un gran grupo de oficiales del ejército, llamándose a sí mismo nacionalistas, habían organizado un golpe militar contra el Gobierno de la República Española, encendiendo la Guerra Civil Española.  En cuestión de semanas, respaldados por armas, aviones y suministros de Hitler y Mussolini, se habían apoderado de más de un tercio del país. Pero lo que más fascinó a Lois y Charles fue la parte de España donde el golpe fracasó (temporalmente). En esas regiones, los revolucionarios fueron rechazados por milicias mal entrenadas y apenas organizadas.

 

Estas milicias fueron formadas por sindicatos y partidos políticos de izquierdas. La gente comenzó a tomar el poder por sí mismos, los trabajadores tomaron las fábricas y había informes de que la ciudad de Barcelona era una de las más fuertes en la resistencia invasora. La gran ópera del Liceu se convirtió en teatro popular, las casas de empeño se vieron obligadas a devolver los objetos a sus clientes más pobres, y las mansiones confiscadas a la alta sociedad ahora eran alojamiento para las personas sin hogar.

 

Lois y Charles estaban encantados. ¿No era esto lo que habían soñado durante mucho tiempo? Eventos como estos eran muy atractivos para los izquierdistas democráticos, ya que aquí había una revolución no impuesta por una dictadura de un solo partido, sino que había sucedido desde abajo.

 

En el centro de la agitación se encontraban los anarquistas, partidarios de un movimiento que prosperaba en Barcelona y los alrededores de Cataluña. Los anarquistas creían en el comunismo libertario. La policía, los tribunales, el dinero, los impuestos, los partidos políticos, la Iglesia Católica y la propiedad privada serían eliminados. Las personas y las comunidades manejarían directamente las comunidades y los lugares de trabajo.

 

Para Lois y Charles, escuchar fragmentos de noticias no era suficiente. Suspendieron el resto de sus planes de luna de miel y comenzaron a hacer autostop a través de Francia hasta Barcelona, el epicentro de lo que la gente como ellos llamaban la Revolución Española. Lois con diecinueve años era la más aventurera de los dos, ella fue quien insistió en hacer aquel viaje.

 

Una mañana lluviosa del 15 de Septiembre de 1936, la pareja cruzó la frontera y se dirigió al rincón más revolucionario de España. “Nos encontramos a nosotros mismos”, escribió Lois, “rodeados por una multitud de milicianos oscuros, sin afeitar, con un mono azul arrugado, pañuelos rojos y negros en el cuello… Cada anarquista tenía un pesado rifle negro en el hombro y una pistola en el cinturón…”

 

Los milicianos estaban alarmados por los sellos alemanes en el pasaporte de los Orr. Una carta que acredita la membresía de Charles en el Partido Socialista de Kentucky no fue suficiente. Los metieron en un automóvil y los llevaron para interrogarlos. “La mayoría de los jóvenes camaradas del Comité de Control de la Frontera vinieron con nosotros en aquel viaje”, recordó Lois. “Atascados juntos, con los rifles sobresaliendo por las ventanas, arrancamos a toda velocidad. El angosto camino serpenteaba por curvas cerradas, como las carreteras familiares en el Condado de Harlan, Kentucky. Alrededor de los valles había coches destrozados… No es un espectáculo muy alentador”. Finalmente, una maestra anarquista local que hablaba inglés, examinó el diario de Lois y aseguró a los camaradas que la pareja no eran agentes nazis.

Pasaporte de Lois y Charles Orr

Los Orrs estaban encantados cuando subieron a un autobús para la siguiente etapa del viaje. “Saqué mis pesetas para pagar la tarifa y el conductor rechazó ostentosamente mi dinero sucio”, escribió Charles. “Este autobús fue operado al servicio de la gente”. Siguieron en tren y se deleitaron al descubrir que la primera y segunda clase habían sido abolidas; solamente quedaban los bancos duros de tercera clase.

 

Cuando la pareja llegó a Barcelona, quedó impresionada por una ciudad que parecía estar transformándose. Más de una cuarta parte de la población española era analfabeta, pero los carteles políticos con diseños audaces podían ser entendidos por todos. Las clases nocturnas de alfabetización eran gratuitas, y la cantidad de niños en las escuelas de Barcelona se triplicaría durante el primer año de la Revolución. “Las Ramblas de Barcelona eran deslumbrantes”, recordaba Lois. “Luces brillantes en cafés, restaurantes, hoteles y teatros iluminaban pancartas rojas o negras que decían Confiscadas, Colectivizadas…. O Unión de Espectáculos Públicos”.

 

 

A finales de 1936, en aquellas zonas controladas por los republicanos, más de un millón de trabajadores y unos setecientos cincuenta mil campesinos fueron empleados en empresas o granjas recientemente administradas por sus trabajadores. En las ciudades se involucraron unas dos mil entidades, desde las centrales eléctricas hasta las tiendas de flores. En ninguna parte se había volcado el antiguo orden más a fondo que en Cataluña, donde los trabajadores se habían apoderado del 70% de todas las fábricas y negocios. “Los colectivos de trabajadores abrieron clínicas y hospitales en lujosas villas privadas”, recordaba Charles. “Todos los automóviles de la calle estaban decorados con las iniciales y los colores de una u otra organización de trabajadores. No había más automóviles privados”.

 

Todo aquello fascinó a los recién llegados estadounidenses, desde las corridas de toros para recaudar fondos para las milicias (los matadores entraban a la arena ofreciendo el saludo con el puño cerrado), a un restaurante colectivizado en el que cenaron y vieron como los anarquistas habían adoptado a Popeye como su propia mascota. “En todas partes venden bufandas y estatuas de Popeye ondeando una bandera anarquista de negro y rojo”.

 

Sin embargo, aquella España fue más confusa de lo que se esperaban. Al regresar de visitar la sede del Partido Unido de Cataluña, donde esperaba ser recibido, Charles escribió: “Fui recibido por una señora que hablaba inglés e intenté convencerla de que no solo era un socialista, sino que también era un revolucionario que había venido a ofrecer mis servicios”. “No hay revolución” respondió ella bruscamente. “Esta es una guerra popular contra el fascismo”. “Entonces me di cuenta de que me habían enviado a los comunistas”.

 

Charles se había tropezado con una falla política importante. Cataluña y otros lugares del País se encontraban en medio de una revolución social sin paralelo. Los principales partidos no eran entusiastas de la revolución, mientras que los comunistas recelaban de una evolución desde abajo y no orquestado por el Partido al estilo soviético. Ambos grupos estaban desesperados por comprar armas a Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos.

 

A pesar de que Charles había vivido en México durante unos meses, aquello fue de poca ayuda, ya que en Barcelona estaban rodeados de altavoces sonando en catalán, “un idioma de silbidos siseos y de x y t terminadas”, según describía Charles. El español de los Orrs seguía siendo muy básico, y su falta de catalán significaba que las personas con las que hablaban eran principalmente otros extranjeros.

 

A las ocho semanas de su llegada, ambos habían encontrado trabajo. Lois comenzó a escribir comunicados de prensa en inglés para el gobierno regional catalán. “Las 10 pesetas diarias que recibía fue el primer dinero que gané en mi vida”. Charles produjo transmisiones de radio de onda corta en inglés y editó un periódico, The Spanish Revolution, para el Partido de los Trabajadores de Unión Marxista, o POUM.

 

La pareja vivió primeramente en un hotel confiscado donde sus comidas eran gratuitas por ser trabajadores de la revolución. “Todos los días un camión traía enormes rollos de pan a la oficina del gerente para apilarlos junto a 100 Kilos de patatas”, escribió Lois. “Milagrosamente, a través de un sistema de trueque sin efectivo, los campesinos abastecían a la ciudad con camiones de verduras, conejos y pollos a cambio de productos de las fábricas de Barcelona”, informó Charles. “Nuestras comidas del mediodía eran inmejorables con los vinos embotellados que habían sido liberados de las bodegas de los ricos”.

 

Restaurante del Hotel Ritz para el Pueblo

 

Cinco meses después, los Orrs fueron alojados en un lujoso apartamento confiscado al cónsul de la Alemania nazi en las colinas de la ciudad. “No se cuanto tiempo podrá durar esto, tenemos 10 habitaciones magníficas, agua caliente y electricidad”, comentaba Charles.

 

Lois estaba tan encandilada, que se perdió por completo en la vida de la revolución. “Estoy pasando el mejor momento de mi vida aquí”, escribió Lois a su familia. “Para cualquier buen revolucionario, España es el lugar más valioso del mundo”. Las iglesias se habían convertido en cooperativas, talleres, centros culturales, refugios para refugiados, o comedores públicos. Los cambios en el campo aún fueron más mayores, en el territorio que ocupaba la República, los campesinos sin tierras habían ocupado más del 40% de la superficie cultivable. En cientos de estos colectivos, la gente hizo fogatas con los documentos de escritura de la propiedad. Tal era el fervor que se respiraba por las calles, que a los recién nacidos les “bautizaban” con nombres que reflejaban las creencias anarquistas. Un activista bautizó a su hija Libertaria.

 

Una mañana de diciembre de 1936, un inglés larguirucho con un pronunciado tartamudeo y ansioso para ofrecerse como voluntario para la lucha contra Franco, apareció en la oficina de Charles. Su nombre, Eric Blair, no dijo nada a Charles y Lois. No habían oído hablar de los varios libros que el recién llegado había publicado con un seudónimo, George Orwell. Una semana más tarde se une al frente con una unidad de milicia del POUM, y unas semanas más tarde, su esposa Eileen llega de Inglaterra y comienza a trabajar como secretaria de Charles. Se convirtió en una de las mejores amigas de la pareja en Barcelona.

 

A principios de 1937 la ciudad comenzó a cambiar. Mientras Lois caminaba al trabajo en su rutina diaria, se dio cuenta de que algunos hombres estaban empezando a ponerse corbatas, y más de una tienda colectiva y negocios estaban siendo devueltos silenciosamente a sus dueños de antes de la guerra. “Es terrible darse cuenta de que las cosas que los trabajadores asumieron por sí mismas, después de años de opresión y miseria, están siendo devueltas lentamente”, escribía Lois a su hermana.

 

Poco a poco la tensión iba en aumento. La República estaba tratando urgentemente de construir un ejército nacional bajo un fuerte comando central para reemplazar la mezcolanza semiespecializada de unidades de la milicia leales a diferentes partidos políticos y sindicatos. “Sentí como si viviera en un barril de pólvora”, escribió Lois. El bastión anarquista de Barcelona fue donde la Guerra Civil interna de la República española llegó a su punto de ruptura. El desenlace final fue una serie de llamadas telefónicas. El 2 de Mayo de 1937, el Presidente de La República llamó al presidente de Cataluña, y un operador anarquista interrumpió la llamada e insistió en que dejaran de hablar. Los funcionarios estaban furiosos, y el ministro de seguridad de Cataluña ordenó a la policía que se hiciera cargo. Los guardias anarquistas estaban armados y comenzaron los disparos. “Los disparos asustaron a los pájaros en el cielo gris encapotado” recordó Lois

 

El Gobierno de la República había ganado, estableciendo su dominio sobre la ciudad y la región. Los líderes anarquistas ordenaron el fin de la resistencia armada. Militante hasta el final, Lois no tuvo más que desprecio por lo que ella consideraba una rendición. Después de meses con pocos clientes, las sombrererías de Barcelona de repente encontraron un auge en los negocios. En junio, los Orrs notaron otra señal de que las viejas formas de vida estaban volviendo. Descubrieron que su electricidad y agua caliente estaban apagadas. “Te escribo a la luz de las velas”, le dijo Charles a su madre, “porque la Compañía Eléctrica intentó hacernos pagar la factura del cónsul alemán”.

 

El aparato de seguridad interno de la República española estaba ahora dominado por los asesores soviéticos. No tenían ningún amor por el movimiento anarquista español. El POUM era un objeto particular de la ira de Stalin porque se había separado del movimiento comunista mundial.

 

 

A las 08:00 de la mañana del 17 de Junio de 1937, cuatro hombres de uniforme, uno de ellos ruso, y cuatro hombres de paisano del servicio de inteligencia militar de la República llegaron a la puerta principal de los Orrs y “nos mostraron”, escribió Lois más tarde, “un plano de nuestro apartamento y una lista de todos los que había vivido o incluso visitado allí”. Arrestaron a la pareja y confiscaron todas sus cartas, diarios y otras posesiones. Más de medio siglo después, cuando por fin se abrieron algunos archivos de inteligencia soviéticos sobre los años de la Guerra Civil Española, estaba claro que los Orrs habían estado bajo estrecha vigilancia; lo suficiente como para que los agentes supieran que Lois era más militante que Charles.

 

Lois poco antes de que les detuvieran

 

La estación de policía a la que se los llevaron estaba tan abarrotada que algunos prisioneros se quedaban sentados en las escaleras. Charles reconoció tanto a los líderes del POUM español como a los antiestalinistas de diversas tendencias de otros países que habían sido parte de su círculo. Un centenar de prisioneros estaban apiñados en un bloque de celdas con solo 35 catres, y se les alimentaba con dos tazones de sopa y dos pedazos de pan por día. Las chinches se arrastraban por las paredes.

 

 

Poco después, Charles, Lois y unos 30 extranjeros más marcharon a medianoche a través de las calles estrechas iluminadas solo por las linternas de sus guardias. “El terror de Stalin estaba en su apogeo”, escribió Lois. “Un leal Stalinista había dibujado en la pared de nuestra habitación un hermoso mapa de la Unión Soviética, cuidadosamente detallado con depósitos minerales, centros industriales, cordilleras y tundras. Los hombres nos dijeron que en sus habitaciones tenían una gran imagen de Stalin en la pared. Estos dibujos de pared cuidadosamente realizados me acercaron demasiado al horror de los Juicios de Moscú, donde protestas cobardemente tu amor y fidelidad hacia aquellos que falsamente acusan y luego te asesinan. ¿Podríamos llegar a esto?”.

 

Lois trató de mantener el ánimo tomando lecciones de alemán con un compañero de celda y aprendiendo el diseño de la vestimenta de un prisionero de Polonia. “Me llamaban el bebé porque la historia de mi vida fue muy corta, cantábamos todos los días canciones francesas, alemanas e incluso americanas”. No ayudó mucho a su moral descubrir que el POUM fue acusado de ser parte de un anillo de espionaje nacionalista.

 

La mayoría de los españoles funcionarios del POUM, junto con anarquistas y otros izquierdistas no comunistas, murieron en las cárceles dirigidas por el servicio de inteligencia de la República. Los simpatizantes extranjeros del POUM fueron liberados pronto, y esto es lo que le sucedió a Lois y Charles, que después de 9 días bajo custodia se encontraron abruptamente en una calle de Barcelona a la 1:00 de la madrugada. Unos días más tarde estaban a bordo de un barco para Marsella. Sus 10 meses en España habían terminado, al igual que el experimento de transformación social al que se habían unido. Cuando bajaron a cubierta para comer su primera comida en el comedor del barco, Lois sintió que estaba en un velatorio.

 

La pareja vivió brevemente en París y luego regresó a los Estados Unidos. Sus diferencias de temperamento entre ellos ya se habían visto reflejadas en España, y después de tener un hijo se divorciaron. Charles tendría una larga carrera como economista laboral internacional y falleció en 1999, Lois trabajó durante un tiempo como organizadora sindical. Se volvió a casar, tuvo 2 hijos más y finalmente se hizo cuáquera y activista en el movimiento de las Escuelas Waldorf. Sus nueve meses y medio como recién casada en Barcelona siguieron siendo un punto culminante de su vida. En el transcurso de más de 35 años, escribió muchos borradores de un libro sobre su experiencia en España, que nunca encontró un editor. Una selección de su correspondencia en esa época no apareció hasta mucho después de su muerte a los 68 años en 1985

 

 

Entre Febrero de 1937 y Octubre de 1938, aproximadamente 2.800 estadounidenses lucharon al lado del gobierno de la República de España contra los rebeldes fascistas dirigidos por Francisco Franco. Según señala Adam Hochschild, esta fue la única vez que tantos estadounidenses se marcharon para luchar en una guerra civil de otro país. Más de una cuarta parte de los voluntarios murieron en la contienda.

 

 

Bibliografía.

 

 

https://www.solidarity-us.org/node/2448

https://theamericanscholar.org/a-new-heaven-and-a-new-earth/#

https://www.revolvy.com/main/index.php?s=Charles Orr (socialist)&item_type=topic

https://bookpage.com/reviews/19666-adam-hochschild-spain-our-hearts#.WuApDy5uaUk

info@saboresytexturas.com

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