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La Censura

Esto no lo invento el General Franco tras su acceso al poder. La Censura comienza en el año 1912 cuando Alfonso XIII regula una censura específica para las películas, llevándose a la práctica por primera

Esto no lo invento el General Franco tras su acceso al poder. La Censura comienza en el año 1912 cuando Alfonso XIII regula una censura específica para las películas, llevándose a la práctica por primera vez por orden del gobernador de Barcelona, Rafael Andrade el 19 de Octubre de 1913 por considerar que debían perseguirse y prohibirse “las cintas pornográficas, las que presenten crímenes, suicidios, adulterios, amoríos vehementes, robos, y malos tratos a los niños”.

 

Alfonso XIII

 

Como aún no había llegado el cine hablado, el objetivo de la censura estaba enfocado directamente sobre las imágenes proyectadas en el cine mudo, y entre los miembros que componían la primera comisión de censura estaban: un sacerdote y una dama catequista. El éxito fue tan rotundo que inmediatamente se plantó en el resto de las provincias y pueblos importantes de España.

 

La mecánica era muy simple: prohibición íntegra, cortar escenas o planos, modificar diálogos o impedir que la película fuera declarada de interés nacional, lo que llevaba consigo la pérdida de subvenciones estatales y en muchos casos llevaba a la productora a la quiebra.

 

La opresión llegó a tal punto, que en 1921 se ordenó a los empresarios de los cines de Madrid que las salas de cine estuvieran divididas en tres espacios separados: uno para las solteronas, otro para los solterones, y un tercer espacio para parejas. Este último estaba iluminado para evitar que las manos fueran al pan, y evitando así un ambiente oscuro donde pudieran surgir actividades fuera de lugar.

 

Cine Teatro Gran Vía – 1916

 

Es interesante la expresión de F. Castello sobre las salas de cine:

 

Cuando por la pantalla pasa una escena descarnada y el espectador o la espectadora, protegidos por la oscuridad impunista, sienten el mutuo contacto de sus personas, en medio de un abandono absoluto de tutela o vigilancia, ¡quién duda que, por lo menos el peligro, se centuplica en tal ambiente, y que es necesaria toda la divina gracia para no caer en las redes del enemigo!”

 

La figura de los acomodadores era como la de un centinela que cuidaba las buenas formas y delataban con su linterna a aquellas parejas que estaban prestando más atención a su momento, que al de la película.

 

Empezada la Guerra Civil, en Noviembre de 1936, el gobernador de Logroño Emilio Bellod, manda que todas las películas que se expongan “se acomoden al medio ambiente moral y patriótico en que vivimos” y pedía que “mientras nuestros soldados derraman su sangre generosa en el frente de batalla defendiendo la religión y la patria no se proyecten películas de bajo nivel moral que están corrompiendo a la juventud”

 

En 1937 se crea la Junta Superior de Censura Cinematográfica, cuya sede se fija en Salamanca, asignándole la función de revisar o censurar debidamente todas las cintas cinematográficas que tengan entrada o se impresionen en la zona nacional expidiendo un certificado de las que puedan proyectarse. Prohibiéndose las películas que tuvieran carácter de propaganda social, política o religiosa que fueran contrarias a la moral o a las ideas del Régimen.

 

No era de esperar que la postura de la Iglesia ante el cine fue de condena absoluta del propio medio. Es interesante leer varias declaraciones como la de 1939 por el Obispo de Pamplona Monseñor Olaechea:

 

“Son los cines tan grandes destructores de la virilidad moral de los pueblos, que no dudamos que sería un gran bien para la Humanidad el que se incendiaran todos… En tanto llegue ese fuego bienhechor, ¡feliz el pueblo a cuya entrada rece con verdad un cartel que diga: Aquí no hay cine!”

 

El padre Ayala, un jesuita con bastante influencia exclamaba con toques holocaústicos su postura sobre el cine:

 

“No se debe ir ni a las películas buenas. Las mejores son menos malas… El cine es la calamidad más grande que ha caído sobre el mundo desde Adán para acá. Más calamidad que el diluvio universal, que la guerra europea, que la guerra mundial y que la bomba atómica. El cine acabará con la humanidad.”

 

Cuando las cruzadas inquisidoras no lograban someter al público español contra el séptimo arte, comenzaron a tratar con justificaciones médicas lo perjudicial que es el cine para la salud.

 

“Es doctrina comúnmente admitida en la ciencia patológica que el cine es la causa principal de no pocas enfermedades que atormentan a la juventud y que afectan sobre todo a los ojos y al sistema nervioso produciendo desequilibrios psicológicos, además de retardar y atrofiar la inteligencia y despertar apetitos concupiscentes”

 

Aún ni con esas lograron evitar la visita a los cines. La gente acudía con frecuencia ya que era una de las escasas fuentes de diversión y de escape de la dura realidad que vivían en aquellos años. A la iglesia no le quedó otra opción que adaptarse a esta situación y llevó a cabo su propia censura, ya que la oficial les parecía demasiado blanda en la escala de sus valores de moralidad y decencia. Algunos obispos llegaron a decretar la excomunión para aquellas personas que acudiesen a ver algunas películas. El Padre Peiró fue el jefe de la censura moral y religiosa del cine, y cuenta con orgullo cómo las decisiones de su equipo de censores no podían ser discutidas.

 

Este moralismo patriótico tampoco permitía el adulterio, ni el aborto, ni las relaciones sexuales extramatrimoniales, ni por supuesto la homosexualidad, que al igual que los besos, eran excluidos de las películas. No existían los ombligos ni los escotes, los bikinis estaban prohibidos, las relaciones sexuales no solo no aparecían, sino que cuando se intuían en la trama, al ser consideradas siempre deshonestas, era necesario que quedara claro que el culpable recibía su merecido castigo incluso en la tierra (que en el cielo ya era segura su condenación eterna). No se permitía en las películas ni el menor acercamiento a la sexualidad ni a sus posibles efectos en las personas que hubieran practicado el sexo.

 

Un ejemplo lo tenemos con la famosa película Lo que el viento se llevó, rodada en 1939, que no se estrena en España hasta 1950 porque los censores observaron una alegría excesiva, que indicaba a las claras una delectación concupiscente, definitivamente pecaminosa, en la cara de la protagonista, Scarlett O’Hara, al día siguiente de su noche de bodas tras su matrimonio con Rhet Batler.

 

Un descanso en medio del rodaje de Lo que el viento se llevó

 

Otro ejemplo lo tenemos con Romeo y Julieta en su versión de 1936, en la que las escenas de amor entre los protagonistas, cuidaban que Romeo, al acercarse al lecho de su amada Julieta, conservara siempre un pie en contacto con el suelo para que no se entendiera que la pasión de los enamorados llegaba al acto sexual.

 

 

Posiblemente el mayor desvelo manifestado por el instrumento censor en esta primera etapa de la censura franquista, fue el de la supresión de los besos: besos en silueta, besos prolongados, besos en la boca, besos de boca abierta, besos con lengua, besos apasionados y sobre todo, los besos finales. Parece que la censura pretendía que las españolas no aprendieran a besar de manera vana y pecaminosa.

 

En cuanto a las películas rodadas en otros idiomas, la censura era tajante:

 

Queda prohibida la proyección cinematográfica en otro idioma que no sea el español… por lo que las películas rodadas en otros idiomas, para su exhibición,  tienen que ser previamente dobladas al español. El doblaje deberá hacerse en estudios españoles que radiquen en territorio español y por personal español”

 

Esta obligación del doblaje, además del falseamiento de las voces originales, comportó en muchos casos otro falseamiento por alteración de los contenidos a través de una manipulación del guión para modificar determinadas situaciones que la censura no podía permitir: por ejemplo, en la película Arco de Triunfo de Lewis Milestone (1948), hay una escena en que Ingrid Bergman es preguntada sobre su amante, un hombre con el que mantenía unas relaciones que hoy día fácilmente podríamos calificar de “inapropiadas”: ¿Es su marido?, ella negaba con la cabeza al mismo tiempo que de sus labios salía un claro y rotundo “Si”. Los españoles no debían ver en la pantalla la existencia de una relación de este tipo entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio.

 

 

En la conocida película Casablanca, de Michael Curtiz, en 1943, los censores no dejan pasar dos diálogos, que aparecen en la versión original, en los que Rick (Humphrey Bogart), hablando con el Prefecto de Policía en una ocasión y en otra con el Jefe de la Resistencia de Checoslovaquia, es preguntado por ellos y admite haber luchado en 1936 en España con los gubernamentales: pues bien, su lucha en España, con el doblaje adecuado pasa a ser participación en la guerra contra la anexión de Austria. El doblaje hace desaparecer de los diálogos estos errores de juventud del protagonista.

 

 

En 1947 se estrena en España Gilda, de Charles Vidor (1946), en la que la hermosa Rita Hayworth, vestida con un traje negro bastante ceñido y unos zapatos de tacones altísimos, se quitaba el famoso guante mientras cantaba con voz profunda y sensual la célebre canción “Put the blame on mame”, desatando las protestas de los curas que desaconsejaban y prohibían en colegios y púlpitos la asistencia a la película, llegando un sacerdote, el padre Morales, a organizar incursiones de jóvenes, a los que puso en pie de guerra, para destrozar los, para ellos inmorales, carteles anunciadores de la película y para evitar que entrara nadie a contemplar semejante procacidad.

 

 

Hasta el pobre Tarzan se llevó su corte de censura, aquel cuerpazo del protagonista austriaco Johnny Weissmüller podría despertar las bajas pasiones de las mujeres asistentes.

En 1950 se crea por parte de la Iglesia la “Oficina Nacional Clasificadora de Espectáculos” que tenía como objetivo dar a cada película, una vez estrenada en las salas comerciales, una calificación moral y religiosa con la consiguiente recomendación eclesiástica, siguiendo unos criterios y unas normas que se mantuvieron a lo largo de muchos años.

 

Películas Clasificadas 1     :  Autorizadas para todos, incluso niños.

Películas Clasificadas 2     :  Autorizadas para jóvenes.

Películas Clasificadas 3     :  Autorizadas para mayores.

Películas Clasificadas 3-R :  Para mayores, con reparos.

Películas Clasificadas 4     :  Gravemente peligrosas

 

En algunos periódicos se negaban a publicitar películas clasificadas 4 y en algunas salas se negaban a exhibirlas, lo que da una idea de la importancia de esta clasificación moral dada por la Iglesia. La hoja parroquial que publicaba esta clasificación llegó a tener una enorme importancia porque era el único material de consulta por parte de la gente de a pie sobre el cine bueno y el cine malo y era ampliamente aceptada. En las catequesis se decía que cualquiera que viera una película clasificada con el número 4, como por ejemplo Gilda,  aunque fuera un adulto, si era atropellado mortalmente por un automóvil sin haber tenido antes tiempo de confesarse, iba de cabeza al infierno para toda la eternidad.

 

1951 viene a ser el inicio de la peor época para el cine español a causa del nombramiento de un nuevo gobierno de Franco en el que entra como ministro de Información y Turismo D. Gabriel Arias Salgado, definido por el historiador D. Ricardo de la Cierva como “falangista acérrimo, franquista absoluto, con un concepto restrictivo de la información y de la censura que coincidía con el del propio Franco, con una preocupación encomiable por evitar la condenación eterna de los españoles”.

 

También en estos años se produce el inicio del turismo en las playas de la península que trajo a las nórdicas y sus bikinis lo que llevó a los productores a pedir poder llevar a las pantallas el mismo espectáculo que existía en las costas mediterráneas. El dilema se resolvió después de unos años, de una forma típicamente franquista: se permitió que el cine español exhibiera un bikini, pero, como veremos después, a condición de que el mismo fuera usado no por una española, sino por una extranjera. Hay que decir que la aceptación los bikinis fue inevitable, ya que era una aportación del turismo, al que de ninguna manera podía el Estado renunciar, porque era fuente de ingresos importantes y muy necesarios para la economía del país.

 

De esta época también es una de las más famosas actuaciones de la censura por su gran difusión a nivel internacional, siendo motivo de mofa en muchas publicaciones extranjeras a causa de su polémico resultado final. Se trata de la película Mogambo obra maestra de John Ford de 1954, en la que se cuenta en clave de cine de aventuras, la experiencia durante un safari en África de una artista de Music Hall (Ava Gardner), un cazador profesional, (Clark Gable) y un matrimonio de antropólogos inglés (Grace Kelly y Donald Sinden). Se establece una relación adúltera entre Clark Gable y Grace Kelly, mujer que a pesar de estar casada se siente irremediablemente atraída por el cazador. Los censores no pueden consentirlo y corrigen el guión presentando al marido de Grace Kelly como su hermano, evitando así el adulterio y la infidelidad, aunque a costa de forjar un incesto. Los espectadores pudieron contemplar con gran sorpresa cómo los hermanos hacen una vida marital, se dan besos en la boca y presencian atónitos los incomprensibles celos de un hermano por su hermana.

 

 

En febrero de 1955 ante la situación que se producía en el cine español, algunos profesionales, encabezados por Basilio Martín Patiño, Juan Antonio Bardem y Carlos Saura, hacen un llamamiento para organizar una reunión con el fin de estudiar los problemas y buscar soluciones a todo lo relacionado con el tipo de cine que se estaba haciendo en España. Este llamamiento dio como resultado la organización de las llamadas “I Conversaciones de Salamanca” que se celebraron en mayo de 1955. Juan Antonio Bardem informa sobre la situación en aquel momento de la cinematografía española con una precisión y un laconismo demoledor: “El cine español es políticamente ineficaz, socialmente falso, intelectualmente ínfimo, estéticamente nulo e industrialmente raquítico”

 

No fue hasta 1963 cuando llegó al ministerio Manuel Fraga para procurar dar una imagen de una nueva España normalizada y abierta a Europa. Fraga nombró de nuevo a Jose María García Escudero como Director General de Cinematografía, y gracias a ello se consiguió de una vez por todas elaborar un Código de Censura que en su preámbulo dice lo siguiente:

 

“El Estado, por razón de su finalidad, tiene el deber de fomentar y proteger tan importante medio de comunicación social, al mismo tiempo que el de velar para que el cine cumpla su verdadero cometido, impidiendo que resulte pernicioso para la sociedad

 

A continuación se dan una larga lista de temas, situaciones y demás aspectos que deberán ser prohibidos en las películas, como por ejemplo: la justificación del suicidio, la justificación del divorcio o las relaciones sexuales ilícitas.

Lo mejor de todo es que a pesar de tanta prohibición, esta medida fue interpretada muy positiva porque ahora se podía saber qué, quién, cómo y por qué se censuraba. Esta “libertad” autorizó la proyección de algunas películas como La Dolce Vita de Fellini con muchos años de retraso.

 

 

La Iglesia se mantuvo bastante callada debido a la imagen retrógrada que estaban reflejando en el Concilio Vaticano II que se inició en 1962, pero siempre hay alguien que no puede contenerse para publicar su “libertad de expresión” en este tema. El Obispo de Bilbao Pablo Gúrpide dijo lo siguiente en 1964:

 

“El mayor estrago en los adolescentes lo causa la política de apertura, hoy vigente. Ya se ha introducido el cine de Michelangelo Antonioni, realizador italiano que propugna una práctica del amor inspirada en lo que se ha llamado “simple contacto de epidermis”. ¿Adónde caminamos por vías tan abiertas a la inmoralidad en los espectáculos, especialmente en el cine? Sin alardear de profeta, nos atrevemos a afirmar que, por esos caminos de inmoralidad, llegaremos, más pronto o más tarde a las mismas metas y las mismas situaciones pasadas, que reclamarán de nuevo la puesta en marcha del bisturí potente, que saje el tumor canceroso de la nación.”

 

Con la llegada del Opus al poder, Carrero Blanco cesa a Fraga como Ministro de Información y Turismo en 1969, aduciendo que “no era capaz de acabar con la pornografía y el maoísmo”. Fraga es sustituido por Alfredo Sánchez Bella, hombre del Opus, conservador hasta la médula y un pensamiento de derechas extremo.

 

Cuando el público veía superados todos estos baches y con una visión más europea, Alfredo Sánchez Bella vuelve a la carga con cortes en las películas ante la mínima escena o referencia erótica.

 

Paralelamente, en estos años aparece un nuevo concepto de macho ibérico que no se come una rosca con Alfredo Landa como protagonista principal  y popularmente calificado como etapa del Landismo. En estas comedias sexy se presentan las relaciones sexuales como grotescas o ridículas para provocar la risa, los hombres corren tras mujeres o bien españolas que se muestran tan decorativas y deseables como frígidas e inasequibles, al menos sin la bendición de la Iglesia, o bien extranjeras, siempre imponentes y que aunque se muestran de entrada más receptivas y liberales, a la larga se suceden los acontecimientos de tal manera que en un ataque agudo de moralidad casi española, tampoco son realmente accesibles para los machos hispánicos, sin una boda en toda regla.

 

 

Habría que esperar hasta el año 1977 para suprimir oficialmente la censura. Por primera vez se admite el desnudo siempre que lo exija la unidad de la película. Este movimiento recibió el nombre de destape, que llegó a tener una colección cinematográfica de unos niveles básicos donde lo único que se pretendía era alegrar la vista con desnudos absurdos, sin un guión muy elaborado. 1976 fue el año donde hubo el primer desnudo frontal íntegro realizado por María José Cantudo en la película de La Trastienda de Jorge Grau.

 

 

La censura había ido desapareciendo de todos los países europeos varios años antes que en España, permitiéndose en ellos la proyección de todo tipo de contenidos, incluidos los pornográficos y los políticos de cualquier signo. Gente con opciones o que viviera cerca de la frontera, solía viajar a Francia para darse auténticos maratones de más de diez horas de cine prohibido en España. El momento cumbre llegó en 1973 con El Último Tango en París de Bertolucci, que llegaron a ponerlo con subtítulos en castellano en atención a los españoles. Éramos de las mejores clientelas en los cines del sur de Francia. En los primeros seis meses de 1973 vieron la película ciento once mil personas solamente en Perpignan. En España no se estrenaría hasta 1978, seguido por La Naranja Mecánica.

 

 

Comenzando los 80 apareció una nueva era donde poco a poco la fiebre del destape se fue desgastando y los directores volvían a hacer lo que sabían y como querían. No habría que esperar ni diez años para demostrar a Hollywood que aquí hacemos buen cine, y gracias a José Luís Garci nos llevamos el primer Oscar con Volver a Empezar.

 

 

 

Referencias

El artículo original proviene del maravilloso trabajo realizado en  http://hyperbole.es/2013/04/censura-sexual-del-cine-en-espana-una-breve-historia/

 

 

 

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